Don't talk, if you can read; don't read if you can write; don't write if you can think. HANNA ARENDT, Diario filosófico

domingo, 21 de noviembre de 2010

Ese viento de libertad llamado Humanismo (Reedición)

A la memoria de Emilio G. Estébanez, maestro de libertad y humanista 
 
   El Renacimiento fue un hermoso tiempo de frescura intelectual, una época brillante en el arte, pero también porque el pensamiento humano encontró de nuevo su camino después de haberle sido parcialmente arrebatada su esencia, en favor de la fe.
    El Humanismo es quizá el resultado más interesante del pensamiento de esta época. Hoy, de aquel Humanismo de entonces queda sólo lo esencial, porque ha ido cambiando y enriqueciéndose a lo largo de los siglos y  actualmente dista mucho de aquellos primeros balbuceos.
    Hoy las ideas que reclaman el nombre de Humanismo han incorporado todo el conocimiento científico acumulado desde entonces y, a la vez, se ha ido quedando cada vez más obsoleta esa división estéril entre ciencias y letras, que hacía en el peor de los casos del hombre de letras un simple pedante y del científico un mera máquina de generar conocimiento sin sentido humano.
     ¿Cuáles son los orígenes de este movimiento?
    El Humanismo nació con Petrarca, un poeta florentino que propone un programa o "camino de discernimiento" que decían los antiguos, que se podría sintetizar en tres puntos:
      En primer lugar, el objetivo habrá de ser el conocimiento del hombre y del sentido de la vida, dejando en segundo término la preocupación por cuestiones científico-naturales.
     En segundo lugar, se niega que haya un sólo filósofo que sea la única autoridad. Aristóteles se ensalzó tanto en la última parte de la Edad Media que había eclipsado a todos los demás pensadores antiguos, haciendo casi blasfemo contradecir a este autor en los círculos académicos. Lo más interesante de este punto es que obliga a utilizar la razón para ir recolectando la verdad diseminada en muchas cabezas, y no una supuesta Verdad inalterable elaborada por un sólo personaje, genial, pero limitado, como todo lo humano.
     Finalmente, se hace compatible la Antigüedad pagana con la doctrina cristiana. Y, una vez más, la importancia de este rasgo estriba en que se vuelve a otorgar a la Razón la primacía: es ella la que ha de cuadrar el pensamiento y la creencia. La fe se conserva, pero se hace aún más fuerte la exigencia y el valor de la Razón que Tomás de Aquino empieza a darle ya en la Edad Media en la búsqueda de la Verdad: hay que entender para creer, y no sólo creer para entender.
    En suma, el Humanismo es un intento exitoso de volver a poner a la Razón en su sitio: como último tribunal del hombre libre.


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