Don't talk, if you can read; don't read if you can write; don't write if you can think. HANNA ARENDT, Diario filosófico
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viernes, 8 de febrero de 2013

La influencia de Descartes en el pensamiento feminista: Poullain de la Barre

François Poullain de la Barre (1647-1725) es un autor pionero en el discurso de la igualdad de hombres y mujeres, que lentamente se abrirá paso, por primera vez, en la Ilustración. Siendo un joven cura de 26 años, publica en 1671, un libro polémico y radicalmente moderno titulado La igualdad de los sexos. Contra todos los demás escritores de la época afirma que los varones y las mujeres deben ser educados para que ambos adquieran la capacidad autónoma de juzgar y no ceder a la opinión pública. Para él hay igualdad de espíritu en ambos sexos, las diferencias que se establecen son meramente producto de la sociedad. 

     Pero, además de por ser un pionero, nos interesa, para Segundo de Bachillerato, el lugar donde fundamenta tan novedosas (y escandalosas) ideas para la época. Su afirmación descansa en la separación de las substancias de Descartes, ya que es un seguidor incondicional del gran filósofo francés. El dualismo cartesiano ya había permitido fundamentar un concepto de igualdad válido contra el Antiguo Régimen y los privilegios de sangre, pero este mismo principio no se aplicará a las mujeres... hasta que nuestro autor lo haga. ¿Cómo usa este dualismo? Poullain de la Barre afirma, aplicando a la distinción entre sustancia pensante y sustancia extensa de Descartes, que el alma (sustancia pensante) no tiene sexo, por lo que las diferencias anatómicas entre los cuerpos de mujeres y varones (sustancia extensa) nunca pueden justificar la desigualdad. Lo que hacen los dos sexos se debe a la formación recibida. Si la mujer es timorata o pusilánime es porque se le ha enseñado a serlo, no porque su cuerpo sea diferente al del varón. La sociedad no tiene nada que ver con la naturaleza, sino que es creación humana. Las diferencias sexuales, por tanto, también lo son. Y, si no son naturales, tampoco estamos obligados a seguirlas y, por supuesto, no son inevitables.

   La mayoría de las argumentaciones de todas las épocas en contra de la igualdad de derechos entre los sexos se han basado hasta tiempos muy recientes en considerar que la mujer es diferente por naturaleza, al estar sometida a las actividades de gestación y crianza de los hijos, lo que la destinaba a permanecer en el ámbito doméstico. Poullain de la Barre será uno de los primeros autores en cuestionar con brillantez estas arbitrarias ideas, ya en el siglo XVII, mucho antes de la aparición de Condorcet, Mary Astell o Mary Wollstontecraft, grandes figuras del protofeminismo.

   De cara a la Antropología Cultural fue también un adelantado. Afirma que es la guerra la causa de la sujeción de las mujeres, en la medida que ellas son también parte del botín. En este autor encontramos sorprendentes adelantos, principalmente, en dos argumentaciones, que tienen que esperar al siglo XX para ser relanzados y reestructurados por la antropología feminista y no feminista: primero, la idea de género frente a sexo, que nos señala que ser hombre o mujer no es es cuestión anatómica, sino que es una construcción social ,que todos aprendemos a través de la cultura. “No se nace mujer, se llega a serlo”, decía Simone de Beauvoir, una importante filósofa feminista francesa ya en el siglo XX. La segunda idea es la poner como causa de la subordinación de la mujer el fenómeno de la guerra. Esta hipótesis la encontramos respaldada en parte por datos etnogŕaficos en un antropólogo cultural, Marvin Harris, para quien el “complejo de superioridad masculina” tendría su origen en las necesidades y requerimientos que la violencia implica, dejando a la mujer en su papel de fábrica de soldados y, a la vez, recompensa sexual de los mismos. Esa condición histórica recurrente estaría en la base de ese sometimiento.   

sábado, 10 de diciembre de 2011

Los nuevos sacerdotes

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   La Antropología Cultural, que es una ciencia social próxima a la Sociología, aporta ideas interesantes a partir de perspectivas que dan mucho juego para pensar. De esto que digo es una muestra un texto que pertenece a Juan Aranzadi, un antropólogo español.
      Aranzadi parte de la distinción del antropólogo Dan Sperber sobre lo que significan respectivamente creer y saber. Decir “yo sé” significa que comprendo plenamente el significado de lo que sé, lo que quiere decir que puedo ver su consistencia lógica y su adecuación empírica. Mientras que decir “yo creo” significa que lo que afirmo lo afirmo pese a no comprender plenamente su significado, o sea, que no soy capaz de evaluar lógica ni empíricamente el contenido de lo que afirmo.
Pues bien, Aranzadi escribe que para la mayor parte de nosotros, miembros de las sociedades “modernas”, la mayoría de las proposiciones científicas no son objeto de saber sino de creencia:

      “Creemos lo que educadores y divulgadores nos dicen que dicen y saben los científicos aunque nosotros mismos no lo sepamos, es decir, confiamos en que los científicos saben lo que dicen saber, lo que nuestros educadores y científicos nos dicen que saben. Casi todos nosotros creemos, por ejemplo, que las proposiciones científicas de los biólogos y los médicos acerca de los procesos de procreación y de herencia genética son verdaderas y tienen fundamento empírico, base experimental, pese a que ni comprendemos bien el significado de esas proposiciones ni somos capaces de evaluarlas lógicamente ni hemos tenido ocasión de constatarlas empíricamente. Es decir, la mayoría de nosotros no podemos decir que sabemos que la procreación humana se produce mediante la fecundación de un óvulo por un espermatozoide o que los hijos heredan una mitad de sus genes de cada uno de sus progenitores: en realidad, no lo sabemos, sino que lo creemos porque confiamos en los biólogos y médicos, en los educadores y divulgadores, en las instituciones científicas, sanitarias y educativas de nuestra sociedad, de modo similar a como los europeos medievales confiaban en el clero y en la Iglesia o los “primitivos” en los antepasado.
      Así que nosotros nos creíamos a salvo de las creencias (también de los mitos), pero resulta que visto de esta manera no somos tan diferentes a la gente de la Edad Media o a los llamados salvajes o primitivos (hoy llamados miembros de sociedades de cazadores-recolectores) y no dejamos de ser una masa de creyentes de esa nueva religión, cuyos sacerdotes serían los científicos, divulgadores y profesores. ¿No resultaría fácil hoy en día que nos “vendan la moto” en la medida en que nos creemos seres muy racionales y, por supuesto, “a salvo de esas tonterías de las religiones o de las supersticiones, etc”? Por favor, no dudéis en comentar esta idea, si queréis...

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Marcel Mauss y el problema del don

    Marcel Mauss (1872-1950) fue un científico social cuya importancia destaca en la Antropología Cultural, sobre todo en lo relativo a un hecho humano fundamental: el don, en el sentido de la acción de regalar a otros bienes o servicios. Su Ensayo sobre el don. Forma y razón del intercambio en las sociedades arcaicas, publicado en 1925, es todo un hito de la Antropología económica porque afirma que la primera forma en la que el hombre se relacionó económicamente no fue ni el trueque ni, por supuesto, el dinero, sino que los primeros actos económicos fueron regalos.

    Estos regalos provocaban una deuda en aquellos que los recibían, que no se satisfacía inmediatamente, sino que se aplazaba. Este fenómeno lo estudió en culturas actuales y también extintas. Devolver un regalo genera nuevamente una deuda formando una especie de círculo en el que al final todos los segmentos sociales estarían en cada momento debiendo o entregando dones. Es decir, los dones y las devoluciones darían lugar a un conjunto de relaciones que serían la base sobre la que la sociedad se asienta. Este hecho lo estudió en culturas de indios del noroeste de Estados Unidos y en sociedades polinesias, pero también comprobó su existencia en sociedades extintas, como la antigua Roma.
      Pero lo más interesante y lo que quizá haga tan atrayente el ensayo posiblemente sea que se atreve a contrastar nuestra sociedad actual con estas sociedades para intentar evaluar nuestro mundo.
        Afirma que nuestra sociedad capitalista, especialmente desde el progresivo desarrollo del dinero y del mercado, ha generado unas relaciones humanas que olvidan este aspecto de nuestra naturaleza: el deseo de dar y de sentirse obligado a devolver lo que uno recibe, lo que ha provocado disfunciones notables en nuestra sociedad. De hecho se puede decir que hoy quien está excluido de la economía está excluido de la sociedad. Eso lo evitaron con éxito sociedades llamadas arcaicas a través de la obligacion de donar bajo motivaciones diversas que impusieron culturalmente a la clase más poderosa económicamente hablando.
     La estructura altamente racionalizada de nuestros intercambios económicos, en los que desaparece cualquier obligación posterior a la transacción económica, parece que no acaba de satisfacer nuestra necesidades de cohesión social y nos va llevando, según Mauss, a la necesidad de generar formas que compensen esa deshumanización. Teniendo en cuenta de que hablamos de 1925 resulta ser casi profético: en esta época se van a ir poniendo las bases en algunos países de lo que luego será la seguridad social y todo el conjunto de prestaciones y seguros avalados por el Estado que, tal como Mauss lo ve, son el resultado de entender que al trabajador no se le retribuye simplemente a través de un salario, sino que la sociedad, representada por el Estado, se siente en deuda con ellos más allá de el mero pago de un salario.
      Si vamos más lejos de las afirmaciones de Mauss es muy interesante comprobar el auge tan fuerte que tiene el voluntariado, cientos de miles de personas que consideran como muy gratificante regalar tiempo y ayuda a otras personas que se consideran retribuidas por la satisfacción del mero acto de dar. También lo es la fuerte presión y consecuente toma de conciencia de muchas empresas de lo que se ha dado en llamar la “responsabilidad social”, que actúa cada vez más como un valor añadido. No parece bastarnos a los consumidores comprar algo "bueno, bonito y barato", sino que además muchos queremos garantías de que ese producto no se ha obtenido injustamente, ni haya dañado a nadie. Las fundaciones de estas empresas ya son, desde hace tiempo, reclamo publicitario.
      En estos tiempos de crisis económica parece renovarse este interés por el trabajo de Mauss: cuando las prestaciones sociales se están poniendo al límite para solucionar los problemas de solvencia que tenemos en Europa. Y también cuando hoy aparece en todos los noticiarios que el valor de lo que los españoles hacemos sin remuneración alcanza el equivalente al 53% del PIB (unos 500.000 millones de euros) que en su mayoría damos a otros: a los hijos, a los hermanos, los mayores, los vecinos o los amigos.
     ¿Tendrá razón el viejo Mauss al afirmar que esto forma parte fundamental de nuestra naturaleza? ¿Será verdad que por mucho que lo intentamos no somos capaces (afortunadamente) de vivir en una sociedad que se reduzca a mercado, en la que todo esté en venta y todo tenga su precio? ¿No es precisamente lo que más admiramos y queremos aquello que no se puede comprar ni vender, sino aquello que regalamos o por lo que estamos eternamente agradecidos?
    Y enlazando con otra entrada que publicamos hace algunos días, ¿no será ese el origen del mito de las tres Gracias